La Copa de los inmigrantes

Cada fin de semana, distintos equipos de extranjeros compiten en las ligas de Santiago. Un punto de encuentro que les permite avanzar en su integración, emular el sello futbolístico de sus países e, incluso, alimentar el sueño de llegar al profesionalismo. Aquí, la historia de algunos de ellos. Guillermo Tupper.

(Artículo publicado en el Cuerpo Vidactual de El Mercurio. Mayo del 2018).

“¡Ordenáaaaate…!”.

El argentino Walter Núñez es el director técnico de Perú, el equipo de los inmigrantes peruanos que compite en la Liga Internacional (IFL). Cuando le preguntan por sus referentes, este ingeniero se define como un “guardiolinho”: es decir, una mezcla entre el lirismo de Pep Guardiola y el pragmatismo de José Mourinho. “En Argentina sería un 80% de Menotti y un 20% de Bilardo“, señala.

Este domingo, sin embargo, su filosofía se ve extraviada en la cancha: no van ni 15 minutos de partido y Perú ya pierde por 2-0 ante los chilenos del Santiago Knights Senior. La defensa hace agua por el sector izquierdo y toda la banca le grita al lateral Mejía que se ordene. Después de otro pique infructuoso, Mejía se desploma en el suelo, completamente mareado, y pide cambio.

A pesar de que su presente no es feliz -vienen de 3 derrotas consecutivas- Perú es uno de los equipos emblemáticos y más queridos de la competición. Sus fundadores fueron Erick Quispe y Antonio Romani, dos amigos de la localidad de Puerto de Ilo que aterrizaron en Chile hace 25 años para estudiar Ingeniería Informática. “Hemos tenido épocas de gloria. Fuimos campeones en el 2004 y tuvimos un par de segundos lugares. Pero, ahora, en esta categoría, nos ha costado”, dice Quispe. “La edad ya nos pasa la cuenta”.

El primer tiro al arco de los peruanos llega en el segundo tiempo, cuando Luis Arroyo -un volante de notable parecido físico a Jean Beausejour– clava un derechazo que sorprende al arquero rival. Es el mejor gol del partido, aunque de poco sirve: Perú pierde por 1-8 y, consumada la paliza, Walter Núñez le habla golpeado a sus pupilos. “Los equipos de Primera entrenan y aún así les salen las cosas como el culo. Nosotros no entrenamos y no queda otra que empezar a hacerlo”.

Acto seguido, el mediocampista Roger Bracamonte pide la palabra: “Ya no podemos entrenar con pelota, porque ya no aprendimos. Si cuando fuimos cabros no aprendimos, ahora menos. Solamente hay que ir a la resistencia”.

Fútbol e inserción

Con casi veinte años de vida, la IFL nació como una apuesta. En 1998, Pascal Bouchet -un ingeniero comercial francés que vive en Chile hace dos décadas- tuvo la idea de organizar un partido amistoso Chile vs. Francia entre sus conocidos. El match incluyó la entonación de himnos y público en las tribunas. “Nos gustó mucho e hicimos un segundo y tercer partido”, recuerda. “Sin querer queriendo, a los cuatro meses teníamos seis o siete equipos. Fue informal por un año hasta que dijimos: ‘¿por qué no armar una Liga?'”.

Tras una primera etapa en el sector de El Salto (Huechuraba), la IFL se cambió a un complejo de 10 canchas en El Noviciado y cada domingo congrega a 40 equipos y futbolistas aficionados de casi 40 nacionalidades. Del total de jugadores, Bouchet estima que un 30% son extranjeros. “Fue un tema de inserción, de lucha contra el racismo. Nos gusta el fútbol por lo que aporta en términos de valor”, añade.

Entre los equipos que marchan invictos en la Liga Honor -que aúna a los mayores de 18 años- destaca el Deportivo Venezuela. Activo desde hace casi dos años, uno de sus fundadores fue Alejandro Bustamante, economista chileno de la Cepal y que, en la cancha, impone respeto como defensa central. Cuando ordena a su zaga, lo hace con un marcado acento venezolano, porque vivió 25 años en Caracas. “En promedio, los jugadores de este equipo deben tener máximo un año viviendo en Chile”, cuenta. “Muchos no tienen RUT todavía y llegan por la crisis política que derivó en crisis humanitaria”.

Este domingo, el combinado “vinotinto” se retira con un sabor amargo: después de ir ganando por 4-1, el equipo junior de Santiago Knights se los dio vuelta y lo empató a 4. La figura excluyente fue Conrado “La Maravilla” Monsalve, un hábil delantero que marcó un hat-trick . Con pasos por equipos de primera y segunda división de su país, Monsalve dejó el fútbol profesional por una lesión de rodilla. “Llegué a Chile hace cuatro años para tener una mejor calidad de vida”, dice. “Representar a Venezuela, a nivel amateur o profesional, siempre va a ser importante porque es el país que uno lleva en el corazón”.

La armada europea

En los años 90, el gran referente del holandés Alfred Middelkamp era Jaap Stam, un defensa que intimidaba tanto por su pierna fuerte como por su cara de momia. “Me gustaba su actitud”, dice este jefe de proyectos en aislación térmica de casas y zaguero en La Naranja Mecánica, un equipo de amigos que, tal como el legendario elenco de Johan Cruyff, busca desplegar un juego atildado y elegante. “Si nuestro arquero le lanza al tiro la pelota al delantero y este hace el gol, no hay una felicitación fuerte del equipo. La sensación es que así no se juega, porque hay que dar pases”.

Al igual que la mayoría de sus coterráneos, Middelkamp se vino a Chile “por amor”. En febrero del 2012, un amigo chileno lo invitó a vacacionar a Bahía Inglesa y él se enamoró de su cuñada, con la que hoy está casado. “De los holandeses que viven en Chile, nuestra base son 250 hombres, contando niños y viejos. Esas son las oportunidades que tenemos para buscar jugadores”, señala. “Si bien nuestro rival más grande es Alemania, aquí hemos jugado mucho contra Francia. Son nuestros amigos y enemigos”.

Liderado por su capitán Valentín Charlot, el elenco francés marcha tercero en la Liga de Naciones, otro de los campeonatos de aficionados que tiene cuadros de extranjeros. Al igual que la mayoría de sus compañeros, Charlot llegó a Chile por trabajo y creció con las hazañas de Zinedine Zidane. En la cancha, tratan de emular la disciplina táctica que caracteriza a la selección mayor de su país. “Tenemos una potencia física por encima del promedio de los equipos chilenos”, dice.

En los mismos pastos de Ciudad Empresarial destaca el combinado de España, que viste la camiseta de la Furia Roja. “A nosotros nos gusta más jugar a tocar y pasar en corto, sin tanto pelotazo”, dice Enrique Basagoiti, ingeniero ambiental y caudillo de la zaga. La otra cara de la moneda es el Europe Flannerys que, desde el 2003, representa a los colonos británicos y va en mitad de tabla en la Liga de Huechuraba. “Somos muy físicos y no tan técnicos”, apunta el defensa Simon Evans, un hincha del Leeds United que se quedó en el país por una chilena.

El sueño haitiano

La colonia haitiana congrega a varios equipos de aficionados. Están el Ajax, el Mónaco y el primero de todos: el Cruz Azul. Hace seis años, Valentín Asse, profesor de artes marciales, fundó este club en República Dominicana y, en el 2014, llegó a Chile con 3 de sus jugadores. Su historia cruzó fronteras: Marc Crosas -ex jugador del Cruz Azul- les hizo llegar un juego de camisetas y la banda canadiense Arcade Fire les donó $1.250.000, lo que sirvió para pagar la inscripción en el campeonato y los traslados en bus a la cancha.

En su primera temporada, el Cruz Azul marcó un hito al ganar el torneo de Clausura de la IFL. Hoy tiene un duelo clave ante el Deportivo Barrales y su entrenador Nicolás Pavez -chileno y abogado de profesión- saca la pizarra: Lelé, el lateral izquierdo, va a ir sobre el 14 de los rivales; Ronaldo, el mediocampista que no se parece a Cristiano, sino que a Ruud Gullit, marcará la salida; y Eduardo, el gran capitán de pelo verde, tiene que ganar los cabezazos. Este último arribó a Chile hace tres años con la misión de ayudar económicamente a sus padres y es el líder de un plantel formado por jóvenes que trabajan en faenas de construcción, instalación de cables y servicios de aseo.

Alentados por una bulliciosa barra, el equipo llega a tener una ventaja de 2-0. Sin embargo, los cambios desordenan al equipo y Barrales lo empata con un tiro libre en el último minuto. El resultado es una anécdota en medio de un objetivo mayor. “Nosotros luchamos para llegar al profesionalismo. Los chiquillos tienen muchos problemas en el trabajo y jugando juntos no hay tiempo para que caigan en la droga”, dice Valentin Asse. Mientras se acomoda en el bus, su mirada se pierde en algún punto del trayecto que enfila rumbo a la Alameda. “En República Dominicana nunca nadie nos fue a preguntar cuáles eran nuestros sueños. En Chile tenemos la puerta abierta”.

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