“Vivimos en una época muy egocéntrica y obsesionada con nosotros mismos”

Robert Levon Been —voz y bajo de Black Rebel Motorcycle Club— reflexiona sobre su tardío despertar musical, la constante lucha contra sus demonios internos y el espíritu revitalizador de “Wrong Creatures”, el último disco del trío californiano. Guillermo Tupper.

Foto: Dena Flows

La primera visita de Black Rebel Motorcycle Club (BRMC) a Chile, en el año 2008, está enlazada a una postal inolvidable. Tras su show en el Teatro Caupolicán, el bajista y vocalista Robert Levon Been terminó en plena calle San Diego cantando arriba de un auto y rodeado de fanáticos. La improvisada performance concluyó con el auto severamente abollado. “Al día siguiente tuve que comprar ese auto”, asegura Been a “El Mercurio”. “Ellos (los dueños) no estaban tan enojados, solo me dijeron que era el auto familiar y que 8 personas lo ocupaban para ir a trabajar. Me sentí mal por eso, porque en el momento solo pensé que era algo que me mantenía a salvo de ser devorado vivo. Pero después dije: ‘Oh, Dios, esto debe pertenecer a alguien’”.

Aquella primera experiencia en suelo local —al que retornaron en otras 3 ocasiones— forma parte del anecdotario de los veinte años de ruta de BRMC, un grupo de vigencia poco común para estos tiempos. A principios de la década pasada, el trío hizo suya la iconografía motoquera de Marlon Brando en “Salvaje” (1953) y con su muro característico de guitarras distorsionadas y toques de psicodelia, captó el zeitgeist “garagero” que marcó el rock de arranque de siglo. Casi veinte años y ocho discos después, en los que matizaron su impronta con trazos de blues, góspel, country y americana, la banda estrenó “Wrong Creatures” (2018), un álbum con el que optaron por explorar nuevos caminos sin perder sus raíces. “(Este disco) fue extremadamente diferente y, al mismo tiempo, tal vez esa es la razón por la que pusimos énfasis en no alienarnos”, dice Been. “Por estos días, hay tan pocas bandas de rock and roll que no queríamos terminar como el grupo que reinventó a sí mismo una y otra vez solo por el fin de hacerlo”.

Producido por el veterano Nick Launay (Nick Cave and The Bad Seeds y Arcade Fire), “Wrong…” retoma la alquimia del grupo después de una década de turbulencias. En el año 2010, Michael Been —padre de Robert y que por entonces trabajaba como sonidista de BRMC— murió de un infarto al corazón, y aquel episodio marcó la atmósfera introspectiva de su penúltimo disco, “Specter at the Feast” (2013). Y, luego, la concepción de “Wrong…” se vio alterada cuando la baterista Leah Shapiro tuvo que someterse a una compleja cirugía cerebral. “Hay una gran sensación de alivio con este álbum, porque en el anterior había una sombra muy pesada y oscura por la muerte de mi padre”, afirma Been. “Él era una influencia bastante grande y parte de nuestras vidas. En este álbum, finalmente, logramos volver a ser una banda de rock and roll. Siento que estuve conteniendo mi respiración por unos pocos años y ahora es como ser un niño revoltoso de nuevo”.

—Con el anuncio de este disco, usted habló de forma abierta de su lucha permanente contra la depresión. ¿Cómo aprendió a lidiar con eso?

“La única cosa que ha ayudado es no confiar en cada pensamiento y sentimiento que pasa por mi cabeza. Vivimos en una época muy egocéntrica y obsesionada con nosotros mismos, y nos gusta pensar que cada pensamiento, ánimo y sentimiento que tenemos cada día es especial y único y necesita ser atendido. Pero no lo es. Hay que conocer a tu enemigo: mientras más me conozco a mí mismo, más puedo evitar caer por mis propios engaños (risas). Hay otros desafíos también: siempre se siente raro hablar de qué tan duro fue hacer un álbum cuando, en realidad, ese no es el punto. El punto es que todo el mundo pasa por episodios duros en la vida, pero no todos tienen un disco que mostrar después. Ese es un aspecto bueno de estar en una banda. La mayoría de la gente tiene que volver al trabajo y seguir viviendo. Al menos nosotros tenemos este disco que espero que sea un testimonio de vida”.

En el nombre del padre

En su infancia, Been creció rodeado de música. Su padre cantaba y tocaba el bajo en los californianos The Call, un grupo de culto que tuvo un single número uno (“Let the Day Begin”, de 1989, versionada por los propios BRMC en su disco “Specter…”). Tras la muerte de su progenitor, el bajista se reunió con los miembros sobrevivientes de The Call para tocar con ellos en una serie de conciertos. “Crecí en una casa en la que el padre no laboraba en una oficina o fábrica, sino que su principal trabajo era la música”, señala. “Tenía treinta y tantos años cuando empezó con su banda lo que, en realidad, es bastante tardío. Fue muy extraño ver que ese era el negocio de la familia. No creo que esa sea la perspectiva de otra gente. Yo no conozco nada más. Sé que eso no es normal, pero tampoco sé lo que es ser normal”.

En un comienzo, el pequeño Been no tenía ningún interés en aprender a tocar un instrumento. “Fue una verdad dolorosa”, admite. “Creo que mi papá, de forma secreta, tenía un montón de expectativas con mis habilidades. Me compró una guitarra para Navidad, fingí estar entusiasmado por alrededor de 5 minutos y luego la guardé en el clóset, nunca más le puse un dedo encima y volví a jugar mis juegos de Nintendo por los siguientes 10 años. Y después, inesperadamente armé una banda con otros chicos de mi pueblo y le indiqué a cada uno de ellos lo que tenía que tocar. Fue como un capítulo de ‘South Park’: tú vas a tocar batería, tú vas a tocar bajo… . Ninguno de ellos sabía tocar y yo tampoco. Sin embargo, todos tenían más habilidades naturales con los instrumentos que les asigné por azar que yo con la guitarra. Un día vino mi papá, escuchó a cada uno y dijo: ‘todos ustedes tienen potencial’. Pero después fue donde mi madre y le susurró: ‘no tienes que preocuparte de que tu hijo siga mis pasos, él nunca lo hará’ (risas). Ella respiró con alivio, porque no quería que yo siguiera esta vida”.

—¿Y cuándo cambió todo?

“Yo me mantuve firme con mis tres acordes de guitarra, pensando en que lo hacía increíble. Es bien extraño, pero años después elegí tocar el trombón en el colegio y te juro por Dios que pasaron 3 cosas: aprendí a leer música en clave de fa, con lo que algo cambió en mi cerebro y pude ver la música y entender sus fundamentos de manera distinta. Lo segundo es que creo firmemente en que hay algo que se llama pubertad musical (risas). Hay un punto en la vida de todos en que pasas de escuchar música como parte de la ambientación a escucharla de verdad. Es casi como que las cosas pasen del blanco y negro al color. Y lo tercero es que me rompieron el corazón (risas). En alguna parte, entre el trombón, la pubertad y mi corazón roto, me convertí en una estrella de rock”.

—Muchos hablan de la pérdida de influencia de los grupos de guitarras en el escenario musical actual. ¿Cuál es el rol que ocupa el rock en el año 2018?

“Ahora, probablemente, todo el mundo quiere escribir la canción anti-Trump definitiva y del estado actual del mundo. Pero cuando veo todo eso, es una imagen muy básica para mí. Todo el mundo siente aquel fuego en su vientre, tiene rabia y quiere hacer una declaración de principios y gritar tan fuerte como pueda. Yo trato de mantener esa parte de mi cerebro fuera de eso y, en vez de salir por la puerta principal, trato de hacerlo por la ventana y encontrar algo que a la gente le haga pensar en aquello de una forma diferente. Prefiero escribir sobre algo que es verdaderamente trágico, como el número de gente que se da por vencida en comparación al número de personas que está luchando. Es obvio que escribir de aquellos que luchan es más trágico que hacerlo de los que no se levantan de la cama y nunca lo intentan. Y no he escuchado que escriban mucho sobre ellos. Tampoco he oído mucho sobre el lado espiritual de los derrotados y cómo ellos eligen pastillas, opiáceos, YouTube y iPhones como distracciones, o cualquier diversión para evitar mirarse a sí mismos en el espejo. Hay un contrapunto que nadie está observando”.

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