“Tenemos el derecho de vivir en la modernidad, pero sin olvidar nuestras raíces”

Freddy Mamani, un ex albañil que luce tres títulos universitarios, es el ideólogo de “Arquitectura Andina”, un estilo multicolor que reinventó la estética de la ciudad boliviana de El Alto. Guillermo Tupper.

(Artículo publicado en el Cuerpo Vidactual de El Mercurio. Julio del 2017)

Fotos: José Ignacio Severin

En el 2003, Freddy Mamani (45) recién se había titulado de constructor civil cuando recibió su primer encargo. El comerciante e importador de celulares Francisco Mamani (no hay parentesco entre ellos) le pidió construir una “obra única” en El Alto, una ciudad aledaña a La Paz, situada a más de 4 mil metros de altura, y masivo asentamiento de inmigrantes venidos de zonas rurales del país. El terreno estaba localizado frente a una pampa que tenía entre veinte y treinta canchas de fútbol polvorientas. Tiempo después, y sobre esas mismas canchas, se levantó la Universidad Pública de El Alto.

“Le dije: ‘si algún día va a haber una universidad acá, la planta baja tiene que ser un centro comercial, donde tú puedas alquilar para fotocopiadoras y librerías’”, relata Mamani a “El Mercurio”. “En la avenida Juan Pablo II, una de las principales de El Alto, siempre había entradas folclóricas. Si las fiestas se erigen en las plazas, las calles o en algunos locales, ¿por qué no hacemos un salón de eventos encima y también lo puedes alquilar? Encima, hacemos los departamentos y, por último, tu chalet en la última planta. Le di la propuesta y (el dueño) me dijo: ‘encantado. Hazlo y listo. Me encomiendo en tus manos’ (risas)”.

Mientras Mamani hacía la obra gruesa, El Alto fue sacudido por La Guerra del Gas, un conflicto social centrado en la explotación de reservas de gas natural. Este tuvo un saldo de 64 muertos y puso fin al gobierno liberal de Gonzalo Sánchez de Lozada, dando paso al movimiento indigenista que llegaría al poder de la mano de Evo Morales. “En ese momento, me daba bronca cómo mis hermanos estaban acribillados. Corría sangre en las avenidas, en las calles”, señala. “Y, como profesional, dije: ‘¿por qué no puedo aportar con lo que sé, con mi talento, a través de una arquitectura, catalogada como rebelde y colorida, que identifica a una cierta sociedad?’”.

Orgullo cholo

En los últimos años, Mamani reinventó el paisaje altiplánico con lo que él mismo bautizó como “Arquitectura andina”: edificios extravagantes de hasta doce pisos, con inmensas paredes de yeso, vitrales en las fachadas, techos de policarbonato y cristales importados de China. En cada una de estas mansiones urbanas, Mamani rescata las formas y el colorido de la iconografía andina, como los diseños geométricos propios de la milenaria ciudad de Tiahuanaco y las tonalidades vivas de los tejidos indígenas. Un estilo que le dio vida a las calles de El Alto y convirtió a sus edificaciones en un símbolo de estatus para el sector más pudiente de la cultura aymara.

Hasta la fecha, Mamani contabiliza más de 65 obras en El Alto y, a nivel nacional, este número asciende a casi un centenar. Su fama ha trascendido fronteras y ya recibió pedidos de Perú y Brasil. Y su peculiar arquitectura —la que ha sido bautizada como ‘transformer’, ‘kitsch’, ‘huachafa’ o ‘cohetillo’— se volvió una atracción turística. “Al principio había términos muy despectivos, como el ‘cholet’, una contracción de cholo y chalet. Pero, para mí, no es eso, sino la chola, la mujer de pollera, y el chalet”, dice. “Y, bah, ya ha pegado fuerte en el turismo. Entonces, ya no lo vamos a negar. Tenemos que acomodarnos y justificar esos términos”.

—¿Cómo se toma las críticas de la academia?

“Mientras no entiendan de mis raíces, de mi cultura, de lo que he vivido, o de donde he nacido, nunca lo van a llegar a entender. Hay arquitectos de renombre que no valoran lo que yo estoy haciendo. Para mí, eso es natural, porque grandes arquitectos de renombre mundial han sido criticados al principio. Toda crítica la tomo como un concepto más constructivo. Nunca vamos a llegar al gusto de todos”.

Una vista panorámica

Con valores que oscilan entre los 200 mil y los 400 mil dólares, la funcionalidad de un ‘cholet’ es diferente a cualquier otra construcción en Bolivia. Su principal objetivo es generar dinero, ya que la mayoría de sus propietarios son comerciantes. Por eso, su planta baja está poblada por tiendas y galerías. La segunda y tercera son salones de eventos sociales. Y, del tercer piso hacia arriba, se hallan los apartamentos, los que el dueño alquila o bien entrega a sus propios hijos. En esa altura, y si los terrenos son amplios, se pueden hacer canchas de fútbol sala con césped sintético.

La cúpula del edificio está reservada para el chalet —o “cholet”—, el espacio donde reside el propietario. “Los cholets están en altura porque somos migrantes del campo a la ciudad”, explica Mamani. “En el campo, tú convives con la naturaleza ampliamente. En El Alto, todo es de piedra y asfaltado. Pero, cuando estás encima del cholet, tienes toda una vista panorámica donde, emocionalmente, convives con la naturaleza”.

Ganarle a la vida

Nacido en Catavi, una pequeña localidad de la provincia Aroma, Mamani —el mayor de seis hermanos— tenía seis años cuando migró del campo a La Paz. Su padre, Jorge Mamani, trabajaba como albañil y Freddy lo acompañaba para jugar con materiales como la arena, el cemento y el yeso. En su adolescencia, empezó a laborar como albañil. “Desde niño, siempre soñaba con ser algo en la vida”, dice. “Mi padre trabajaba en la zona sur, un barrio residencial donde viven los ricos. Yo decía: ‘¿cómo mi padre va a trabajar así toda una vida? Yo algún día tengo que ser algo”.

Tras graduarse de constructor civil de la Universidad Mayor de San Andrés (luego se tituló de ingeniero civil y arquitecto), Mamani vio que El Alto no tenía una identidad arquitectónica. Era una ciudad monocromática, llena de polvo y rodeada de cordilleras secas. Y ahí surgió la idea de darle colorido, por medio de un estilo que rompiera con los dogmas. “En los trabajos, decoraciones y diseños interiores trabajo en obra. Como Gaudí. Él se metía a trabajar dentro de la obra, diseñaba y dibujaba en las paredes, y empezaba a trabajar con sus obreros”, dice. “A mí me gusta meterme en el trabajo, no en el escritorio. Los que trabajan en el escritorio existen en cantidad, como arena en el mar. Ponerse el overol es diferente. Ahí corre la sangre”.

—¿Hay algo de reivindicación social en este tipo de arquitectura?

“Sí, podríamos llamarlo como una reivindicación social, económica, cultural. A mí me hace sentir mal cuando me dicen que, ahora, los aymaras tenemos dinero y hemos mejorado. Nosotros como aymaras, incluso antes de la invasión de Colón en América, siempre hemos sido ricos, porque teníamos bastante riqueza natural y hemos sabido convivir con la naturaleza, sin destruir nuestros recursos naturales. Pero, desde que nos han invadido, han explotado todo lo que podían sin compasión. Siempre hemos sido ricos en el folclor, en la música, en la danza. Ahora tenemos una identidad arquitectónica diferente a la del pasado. Tenemos ese derecho de vivir en la modernidad, pero sin olvidarnos de nuestras raíces, esencia e identidad. Eso es lo que tenemos que fortalecer hoy”.

Estilo internacional

La “Arquitectura Andina” de Mamani ha acaparado el interés de artistas, fotógrafos y creativos de distintas partes del continente. Hace un par de años, por ejemplo, el músico chileno Gepe rodó el videoclip de su canción “Hambre”, junto a la peruana Wendy Sulca, en el salón de eventos “Príncipe Alexander” de El Alto. “Varios artistas vienen a filmar cortometrajes en nuestras obras. También cantantes mexicanos”, agrega el boliviano.

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