“El fútbol nos ayuda a ver las luces y sombras de la sociedad”

Previo a su charla en el Festival Puerto de Ideas, el mexicano Juan Villoro —uno de los máximos referentes de la literatura futbolera— habla de las virtudes del jugador chileno y de por qué el deporte rey es una forma de entender nuestro tiempo. Guillermo Tupper.

(Artículo publicado en el Cuerpo Vidactual de El Mercurio. Abril del 2017)

Juan Villoro (60) tenía nueve años cuando sus padres se divorciaron. Y, ante la obligación de buscar una afición para entretener a su hijo los fines de semana, Luis, su progenitor, descubrió que la más eficaz era el deporte rey. “A él le interesaba el juego pero no tanto como yo suponía”, cuenta a “El Mercurio”. “Mi padre no me llevaba al estadio, necesariamente, por egoísmo y para disfrutar él de los partidos, sino para estar conmigo y para que yo disfrutara”.

El primer lance que vio en su vida fue un 4-1 que El Oro —el equipo de los joyeros mexicanos— le propinó al Valencia de España dirigido por Alfredo Di Stéfano. Luego, vinieron otros cotejos inolvidables: por ejemplo, cuando Necaxa —el club de sus amores— le ganó un amistoso al Santos de Pelé o cuando venció al odiado América en una final de copa. “Mi padre me inculcó el gusto por el Barcelona, porque él nació en esa ciudad”, relata. “Y en 1969, tuvimos la suerte de ir al Camp Nou a ver un Barcelona-Real Madrid que terminó 3 a 3. Un partido absolutamente épico”.

Considerado como uno de los principales referentes de la literatura futbolística mundial, Villoro ha dedicado gran parte de su vida a escribir sobre el oficio de patear balones. En su libro “Dios es redondo”, ofrece una vibrante crónica de la religión que llena los estadios. “El fútbol es un sistema de representación del mundo y es una manera muy eficaz de delegar nuestras emociones”, dice. “Es un deporte que ha cautivado por utilizar la parte del cuerpo soslayada por la civilización, que son los pies. Establece un contacto elemental y primario con el origen de la especie, con lo que fuimos en las remotas tribus del comienzo”.

Este domingo 9 de abril, a las 12:30, el autor de la novela “El testigo” será uno de los expositores de “El gol de la física y la cultura”, una de las charlas estelares del Festival de Ciencia Puerto de Ideas, en Antofagasta, patrocinado por Minera Escondida y BHP Billiton (las entradas se pueden adquirir por el sistema Daleticket). En el Ferrocarril de Antofagasta (FCAB), Villoro y el físico Eugenio Vogel abordarán varias interrogantes que demuestran que el fútbol, más allá del deporte, es un lenguaje universal que permite hablar de ciencia, literatura y, por qué no, de la vida misma.

“Para todos los adultos, (el fútbol) establece otro tipo de regreso en el tiempo, hacia el niño que fue. Hacia esa persona que delegó sus emociones en unos colores, y no en otros, y decidió que un partido de fútbol podía ser como una balanza del mundo, donde tenían que triunfar los buenos sobre los malos, y pensó que los héroes eran posibles y que jugaban para él y en su nombre. Todas estas características hacen que sea una actividad muy significativa y que se haya convertido en la principal forma de entretenimiento del planeta. A tal grado que, para entender nuestro tiempo, inevitablemente tenemos que estudiar la forma en que se divierte la especie humana. Y la diversión más socorrida, o una de las más socorridas, es el fútbol”.

—¿Es una forma de comprender el mundo?

“El fútbol nos ayuda a ver las luces y las sombras de la sociedad que tenemos. La mayoría de los temas sociales que cristalizan en los estadios no emergen por un tiro al ángulo o por la parada de un portero, sino que tienen que ver con conflictos sociales y tensiones que ocurren más allá del estadio. Pero es ahí donde muchas veces estallan con una fuerza inaudita. En un partido podemos ver brotes de racismo, xenofobia, nacionalismo, vemos el caso del dopaje, la especulación económica, la manipulación política, el machismo. Vemos muchas de las grandes lacras sociales y, al mismo tiempo, también vemos el gusto por el juego, el sentido lúdico de la vida, la recuperación de la infancia, la resignación ante la derrota, el respeto al contrario. En esa balanza, entre la luz y la sombra, se dirime el fútbol”.

La pasión del hincha

En “Dios es redondo”, Villoro divide al hincha del fútbol entre “los ardientes, los melancólicos, los cardíacos y los nostálgicos”. Él mismo se ubica en una variante de aficionado que cree en un equipo sin evidencias de por medio y considera que el marcador final es una mera conjetura. Quizás por eso sus afectos están con el Necaxa, un club muy singular en México: nació como el equipo del sindicato de electricistas, ha desaparecido dos veces y, pese a ser de Ciudad de México, hoy juega de local en Aguascalientes, una ciudad ubicada a seis horas en auto de la capital, debido a especulaciones económicas y políticas.

Además de su condición de gitano, el Necaxa —donde han brillado chilenos como Ivo Basay y, actualmente, Edson Puch— es un club romántico que tiene una hinchada reducida. En “El Chavo del 8”, Don Ramón siempre decía “yo le voy al Necaxa” cuando no quería meterse en problemas. “Escoger al Necaxa es escoger el riesgo. Adolfo Bioy Casares dijo alguna vez que escoger a un club perdedor en el fútbol es una forma de entrar en una escuela de estoicismo”, dice. “El Necaxa no es necesariamente es un club perdedor ni para masoquistas, porque ha tenido glorias como las de los años 90, pero es un equipo que ha puesto a prueba nuestra resistencia y nuestros nervios. Es como enamorarte de Janis Joplin: no vas a tener un romance fácil”.

—¿Qué es lo que hace que una persona racional durante la semana se comporte de forma irracional en un estadio?

“(Risas) El filósofo Ortega y Gasset dijo que a veces necesitamos darnos vacaciones de civilización. No podemos todo el tiempo asumir que somos perfectamente racionales. Necesitamos una sana oportunidad de regresar a la barbarie. Esto quiere decir que, en forma inofensiva, podemos liberarnos de ciertos complejos, comportamientos y ataduras a la que nos obliga la sociedad contemporánea y, entonces, nos pintamos la cara, gritamos consignas extrañas, besamos a un desconocido porque nuestro equipo metió un gol en el último minuto. Se expresa la emoción como se expresa en el pathos teatral. Eso me parece que es muy saludable pero, por supuesto, estas vacaciones de civilización también pueden llegar a excesos vengativos e, incluso, criminales, como en el caso del vandalismo de los hooligans.

—¿Cómo se explica el fenómeno de las barras bravas?

“Se han perdido ciertos niveles de convivencia. Uno de los grandes problemas es la corrupción monetaria. Los grandes dueños del fútbol no son los futbolistas y, por supuesto, no son los aficionados. Son los directivos, los dueños de los equipos, que, en ciertas sociedades, cometen abusos inmoderados. Y eso es lo que ha pasado muchas veces en América Latina, donde los jugadores son vendidos al mejor postor, donde se hacen torneos cortos que no ayudan al deporte y solo ayudan a la comercialización, donde las camisetas se ven agraviadas por una multitud de anuncios. Entonces, el aficionado está ante un empresario que se desentiende de la lealtad por los colores y del aspecto deportivo, que hace lo que le da la gana y somete al club a una muy posible frustración. Entonces, naturalmente, el aficionado reacciona en forma progresivamente violenta”.

—¿Ve alguna diferencia entre el hincha mexicano y el chileno?

“A mí me llamó mucho la atención, cuando fui la primera vez a un estadio chileno a ver a los aficionados de la ‘U’, que tenían cantos muy melancólicos: ‘Volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser grandes, grandes como fue el Ballet’. Era una afición que se solazaba en esa nostalgia. Creo que eso forma parte de las pasiones latinoamericanas: yo he estado en el estadio de la Unión Española, un estadio pequeño, de un equipo que no tiene grandes gestas, y que, sin embargo, tiene una afición absolutamente dedicada y solidaria. Es muy interesante cómo la pasión del público, de alguna manera, antecedió a las glorias del fútbol chileno”.

“Alexis no era para Barcelona”

En junio del año pasado, dos días antes de que Chile goleara por 7-0 a México en la última Copa América, Villoro discutió con varios colegas de la prensa local sobre el juego de cuartos de final. “Ellos venían muy confiados y yo les dije: ‘cuidado con Chile porque es un equipo extraordinario y, para mí, juega, por momentos, como un Barcelona en cámara rápida’. Al día siguiente varios sacaron la noticia y mis amigos más cercanos me dijeron: ‘eres un catastrofista’”, relata. “Claro, yo jamás pensé que nos fueran a pasar por encima con un 7-0. Fue un partido tan terrible que ocurrió una cosa que yo no había visto nunca en una transmisión televisiva: en lo que estaban repitiendo un gol, ya había caído otro gol. Definitivamente, subestimamos a un rival muy poderoso”.

—¿Qué distingue al futbolista chileno del resto?

“El futbolista chileno tiene una característica muy interesante: por un lado, (tiene) muy buena técnica, pero, por otro lado, una resistencia, una enjundia y un pundonor que lo acerca más a un futbolista europeo, casi alemán. La nación chilena, quizás por los terremotos y la naturaleza tan extrema que tienen, sabe resistir a embates duros. Y el futbolista chileno es un futbolista con una voluntad de hierro. Yo me acuerdo de “Bam Bam” Zamorano, cuando Jorge Valdano no lo consideraba titular en el Real Madrid. Vimos ahí el resurgimiento de un futbolista a fuerza de voluntad y de entrega en circunstancias en que muchos otros se hubieran derrumbado. Y esto lo vemos, por ejemplo, en la actitud de Alexis Sánchez. Es un futbolista que me pareció equivocado para el Barcelona, porque no tenía mucho espacio ni recorrido ahí, pero que se echa el equipo al hombro en el Arsenal”.

—¿Hay un jugador chileno que lo cautive como personaje?

Marcelo Salas. Este jugador que viene de una zona mapuche, que parece predestinado a jugar siempre en canchas de tierra y sin nombre, y se convierte en uno de los grandes futbolistas de la modernidad. Es un caso extraordinario de superación, nuevamente”.

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