David Ponce: “En este período de nueve años, se me murieron quince entrevistados en el camino”

Prueba de Sonido” es un libro que indaga en los inicios del rock nacional de manera enciclopédica y minuciosa. Un libro que incluye doscientos músicos entrevistados en nueve años, entre ellos, un montón de descubrimientos casi olvidados. De ex pioneros del rock convertidos en comentaristas deportivos, la primera banda garage chilena, y de cuando el“Gato” Alquinta le gritó a la Quinta Vergara “ahí tienen vanguardia, chuchas de su madre”, en esta entrevista con David Ponce, su autor. 

(Artículo publicado en Zona de Contacto. Diciembre del 2008).

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UN, DOS, TRES, PROBANDO

“El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer”. La cita es de Frank Zappa y hace referencia a esas personas que se dedican a enjuiciar discos ajenos con rigor académico y el ceño fruncido. Tipos que prefieren evangelizar acerca de lo que oyen en su living, en lugar de rendir testimonio a lo que ven en el escenario. Todo lo contrario a David Ponce (40) un periodista de bajo perfil para el público masivo, pero cuyo nombre aparece en los agradecimientos de la mayoría de los discos independientes chilenos de la última década.

¿Por qué? Por respeto. Porque Ponce es de una raza de “críticos musicales” escasa. Lo suyo no es pontificar sobre lo bueno y lo malo, lo que merece ser oído o no: Él está convencido que más allá de la calidad musical, la historia de toda banda merece ser contada.

Ponce es probablemente el único crítico nacional que ve un promedio de seis tocatas por semana, y el único que prefiere comprar los discos de las bandas independientes antes que pedir que le manden una copia. Ponce es además, una de las plumas más respetadas por músicos y lectores de medios como Rolling Stone, la ZonaEmol y el sitio Musica Popular,que compila las biografías de todos los músicos nacionales a lo largo de la historia.

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Todo crítico parte con una imagen que lo marca cuando chico. ¿Cuál es tu primera conexión con la música chilena?

“Mi relación con el rock chileno no partió con la música, sino por los carteles callejeros. A fines de los ’80 vivía en San Bernardo y tomaba una micro eterna a Santiago para estudiar. Ese viaje implicaba pasar por Gran AvenidaLa Cisterna y San Miguel que, por alguna razón, siempre se ha caracterizado por ser un barrio bien rockero. Es una cosa histórica: en 1965 salió un grupo increíble llamado Los Teyker’s,en 1972 aparecióTumulto,en 1984 un trío llamado Los Prisioneros, y el 2002 los chicos de Jacobino Discos,lo que ha generado una suerte de continuidad.

Recuerdo nítidamente los carteles callejeros con los nombres de esos grupos: desde TumultoArena Movediza hasta Poozitunga,un nombre que me volvía loco. No podía entender de dónde había salido una palabra como ésa. Por ese entonces yo no sabía bien qué era el rock: para mí era algo desaliñado, porque los carteles eran siempre de imprenta barata. Ni siquiera tenían diseño, eran como esos afiches de “Se busca” del lejano oeste.

No descubrí la música de estos grupos hasta muchos años después, pero mi primera aproximación fue visual y fonética. Antes que el sonido, estaban los nombres: no podía creer que existiera un grupo llamado La Banda del Gnomo.Me acuerdo que en tercero medio hablábamos de eso con mis compañeros: ‘oye, el nombre bueno'”.

¿A partir de ese momento surgió la inquietud de hacer periodismo musical?

“Yo creo que tenía las ganas de hacerlo, pero deliberadamente tomé la decisión de no escribir de música en un primer momento. Fue una cuestión media “opus dei”: ‘no voy a hacer lo que quiero hacer’. Quería pasar antes por un servicio militar e hice la práctica en la sección de crónica roja de un diario. Al segundo día estaba viendo un gallo que se había colgado de un árbol en Talagante.

Cubrí mucho tribunales, conferencias de gremios. ¿Por qué? Me parecía fácil el periodismo musical. Era como lo más obvio que uno quería hacer si era joven. Claro, yo también quería escribir de música pero, como era lo que más fácil me salía, lo encontraba súper poco meritorio. Duré tres meses en la calle, pero al menos me sirvió para ganar un diploma imaginario de que alguna vez fui un periodista duro”.

¿Cuándo nació la idea de hurgar en los orígenes del rock en Chile?

“Me acuerdo que en los ’90 leí un libro de Tito Escárate, uno de los primeros textos de música que devoré. Él ponía a (la banda porteña) Los Mac’s (1964) como el punto de partida del género en Chile. Eso fue un tremendo acicate para escribir este libro, porque contaba una historia que ni siquiera había escuchado de oídas.

En “Prueba de Sonido” fui un poco más atrás: a partir del mismo reporteo me empecé a topar seguido con nombres como el deWilliam Reb y los Rock Kings, una banda chilena que había llegado a tocar en Alemania y que los mismos Mac’s nombraban como referente. También con Harry Shaw y Los Truenos, una leyenda del rock de Valparaíso que tocaba en fuentes de soda en 1957.

Al primero logré ubicarlo tres meses antes que muriera; Harry Shaw es un misterio. No sé si está vivo o muerto, pero su historia fue reconstruida por más de doce personas que lo vieron tocar. Lo deWilliam Reb es increíble, porque yo lo conocía de cualquier manera, menos por ser rockero”.

¿Cómo así?

“Su nombre real era Williams Rebolledo. En los años ’80 él era reportero para los partidos de fútbol y yo lo escuchaba por la radio todos los fines de semana. Me acuerdo que relataba Darío Verdugo y él comentaba las jugadas. Además, era periodista y salía en las noticias. Y resulta que el tipo que conocía desde chico en cuatro o cinco dimensiones también era el pionero del rock en Chile. Cuando logré ubicarlo estaba tan sorprendido como yo. De seguro, en muchos años, nadie le había hablado del tema”.

Tu libro refuerza la idea de que Valparaíso fue la verdadera cuna del rock nacional…

“Nuestro pequeño Liverpool (risas). Esa teoría también la tienen Los Mac’s, en relación a que siempre son los puertos los que acogen al rock, por todos los marinos que traían discos de afuera. Yo también creo en eso: no es casualidad que los grupos más rocanroleros de la época hayan surgido de Valparaíso”.

El año pasado, en una entrevista para la Zona, Gonzalo Planet (autor del libro “Se oyen los pasos”) sostenía que a pesar de su buena factura, los discos de esa época aún eran demasiado imitativos. ¿Compartes esa mirada?

“Yo discrepo con esa tesis. Ya el hecho de ser rock tocado en Chile le daba un carácter propio. Piensa en una banda como Los Sicodélicos: hacían canciones propias en inglés y las tocaban con guitarrones e instrumentos folclóricos. Su disco “Sicodelirium” (1968) es completamente marciano.

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La gracia es que había imitación, pero todo era muy chileno al mismo tiempo, incluso me parece bonito aprender algo que no pertenecía a tus raíces y que los grupos se especializaran de acuerdo a sus gustos… Para mí eso es tan auténtico como Los Jaivas o Congreso, que serían otro capítulo aparte”.

¿Hay alguna banda maldita o joya descatalogada que hayas descubierto en este período?

“Sí, dos: Los Gaffas y Los Amigos de María. El primero es un grupo absolutamente enigmático: duró un año, no grabaron nada y no tocaron más de quince veces. Pero hacían una música muy avanzada para la época, tenían pintas de patos malos y tocaban un rock de garage que era muy difícil que alguien en Chile pudiese conocer y adaptar.

Los Amigos de María eran otra banda muy oscura, pero que tienen una historia impresionante. Se juntaron con Dean Reed, un músico gringo de izquierda, que fue a su casa en La Granja y grabó con ellos “Somos los revolucionarios“, una canción cándida acerca de la revolución. Eran cinco tipos de barrio que partieron emulando a Los Ángeles Negros y terminaron haciendo rock ácido. Eso me tocó una fibra acerca de lo única que puede ser la historia particular de un grupo”.

¿Qué hay de cierto detrás del mito del Festival de Piedra Roja? Raúl Ruiz lo ensalzó como una suerte de Woodstock criollo, pero lo que menos hubo fue música…

“Para armar la historia de ese festival fui directamente a los testimonios de la gente que estuvo, desde ”Gato” Alquinta al “Negro” Piñera. Hay gente como Cristián Sánchez de los Hawks que dicen que fue el “símbolo del fin de una época”, pero francamente creo que fue menos importante que eso.

Hugo Chávez (dueño de la disquería Background) también estuvo allí y dice que fue un picnic colectivo lleno de pellejerías. No sonaban las guitarras, el organizador llegó con un hacha a cortar los cables y más bien se transformó en un hito farandulero, porque desdeClarín hasta El Mercurio le dieron con todo a esta plaga de hippies marihuaneros. Mucho más importante fue el Primer Festival de Música Experimental y Vanguardia en laQuinta Vergara, en 1970”.

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¿Ese donde pifiaron a Los Jaivas y “Gato” Alquinta le gritó al público “ahí tienen vanguardia, chuchas de su madre”?

“Sí. Lo más bacán es que yo los entrevisté el 2002 y dos años después la banda editó “La vorágine“, una caja de seis discos con puras grabaciones desconocidas, donde estaba incluido ese show. Fue como ‘increíble, es verdad todo lo que me contaron’.

Ese festival fue célebre, porque el hecho que fuese rotulado como de “vanguardia” a la banda le molestó mucho. Más encima la mitad del público estaba esperando a Aguaturbia, que era el plato de fondo. Los Jaivas hicieron una improvisación de más de veinte minutos y en un momento “Gato” Alquinta empezó a insultar a la gente muy enojado, como insuflado de un espíritu experimental contestatario.

Es bien interesante, porque había dos puntos de vista súper reconocibles: mientras Aguaturbia seguía fiel a su escuela rockera clásica, Los Jaivas ya venían de vuelta de todo eso y se sentían pasados a llevar por este grupo que todavía tocaba guitarras a lo Jimi Hendrix. Ellos ya estaban en una parada de deconstruir las canciones y arrastrar tablas de plumavit por el piso”.

La Unidad Popular es una época de muchos contrastes. Eduardo Gatti relata el limbo en que se movían Los Blops: mientras unos los odiaban por descubrir a Violeta Parra, el otro sector los llamaba imperialistas porque tocaban guitarra eléctrica…

“Esa es una de las contradicciones más interesantes que hay en el libro. Por un lado, Los Blops grababan en un sello como Dicap, que estaba ligado a las Juventudes Comunistas, pero ellos mismos recuerdan cómo el sello los intentó censurar. Y el que tuvo que interceder por ellos fue Víctor Jara, un músico muy comprometido pero, al mismo tiempo, muy libertario.

En la Unidad Popular se dieron estos choques propios del espíritu bullente que se vivía en la época. Que hubiese rock y Unidad Popular de forma simultánea era una cosa casi caleidoscópica. Pero la mayoría de los músicos recuerdan esos años como un período de mucha libertad y actividad callejera. El Parque Forestal estaba tomado por los hippies, y podían pitear tranquilos, porque los pacos ni siquiera conocían la marihuana”.

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Para ese entonces el rock chileno ya tenía una identidad propia: basta escuchar los primeros discos de Congreso o Los Jaivas para darse cuenta que folclor y rock ya eran una sola cosa. Tilo González, baterista de Congreso, dice en una cuña que si no hubiese sido por el Golpe de Estado, hoy seríamos una potencia mundial como Brasil…

“La dictadura interrumpió esa continuidad de la manera más drástica. Por el toque de queda se terminaron los conciertos y empezó una persecución a muchas bandas, no sólo las ligadas a la Nueva Canción, sino también a los que tenían pintas demasiado osadas para los militares. Los Blops se acaban, los Congreso se quedan aperrando en Chile y Los Jaivas se van a Argentina.

Se produce una atomización total: la mayoría de los grupos se disuelven y miles de discos se rompen o quedan sin salir. Esa fue la consecuencia inmediata que dejó el Golpe de Estado: todo se interrumpió en el mismo lugar donde estaba”.

Sin embargo, las dictaduras fueron una constante en Sudamérica y en países como Argentina o Brasil el desarrollo musical no se vio truncado. ¿Por qué crees que en Chile pasó lo contrario?

“Viéndolo en retrospectiva, y esto no es un ejercicio de autocompasión, el Golpe fue la peor noticia no sólo para el trovador de la Nueva Canción, sino para la industria musical chilena en general. La gran causa de que hoy el rock no sea tan popular en Chile es precisamente por esa interrupción. El rock chileno siempre estuvo ligado a la industria: el mejor ejemplo de eso fue La Nueva Ola. Pero el año’73 la industria quedó intervenida y el rock pasó a un absoluto segundo plano.

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Esa es la gran diferencia con Argentina, donde el rock jamás fue apartado de la industria. Por el contrario: para la Guerra de las Malvinas, los milicos le dieron un espaldarazo a la música nacional, aunque fuese con el peor chauvinismo imaginable. En Chile hubo un vacío generacional que no se revirtió hasta la aparición de Los Prisioneros, casi doce años después”.

¿Por qué esta prueba de sonido se termina en 1984, cuando ellos aparecen?

Tenía sentido parar ahí porque todo lo que venía después era más conocido. Es por eso que el período anterior es una “prueba de sonido” en el sentido casi literal: es lo que se hace antes de la tocata, lo que nadie ve. Las nuevas generaciones consideran a Jorge González como el padre del rock chileno y eso no deja de ser un signo.

Esto vendría a ser la prehistoria, lo que no se escuchó y la prueba tangible está en la memoria de estos 200 músicos. Si no había prensa especializada y la mayoría de los discos se perdieron, el habla de las personas queda como la única evidencia. Piensa que en este período de nueve años se me murieron quince entrevistados en el camino. Con el solo hecho de haber podido hablar con “Gato” Alquinta“Poncho” Vergara de Tumulto o Williams Rebolledo, ya me doy por pagado. Me emociona haberlos encontrado a tiempo y que me hayan ayudado a reconstruir su propia historia.

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