“Cuando un ser humano ama o piensa en la felicidad, solo entonces termina la rutina y comienza el ser”

En entrevista exclusiva con El Mercurio, Svetlana Alexiévich, la actual Premio Nobel de Literatura, habla de los traumas que dejó el colapso de la U.R.S.S., su experiencia en Afganistán y la cultura del miedo impulsada por Putin. Guillermo Tupper.

(Artículo publicado en el Cuerpo Vidactual de El Mercurio. Octubre del 2016)

Cuando era niña, Svetlana Alexiévich admite que tenía un “cierto rechazo” a los libros. Nacida en la Ucrania soviética, tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, y criada en Bielorrusia, la futura Premio Nobel creció escuchando los testimonios de las viudas del conflicto, en aldeas donde casi no quedaban hombres. A pesar de que su casa estaba llena de libros, aquellos relatos eran mucho más potentes que cualquier texto. “Las ancianas y mujeres jóvenes hablaban de manera tan fuerte y todo eso era tan auténtico, no era procesado por ninguna fantasía ajena, nadie se había metido allí”, rememora. “Cuando ingresé en la facultad de periodismo y comencé a viajar por el país, yo siempre recordaba el tono de aquellas conversaciones. Y pensé que la literatura debe adaptarse a su tiempo”.

Inspirada en la tradición de narración oral de la literatura rusa, Alexiévich fue encontrando un estilo propio que prescindía de las cronologías habituales de los libros. Y así empezó a recopilar relatos femeninos de guerra, los que darían vida a “La guerra no tiene rostro de mujer” (1985), el libro que aúna los recuerdos de cientos de mujeres que combatieron en las filas del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. “Para mí, el testigo es el protagonista de la literatura”, dice. “Me dicen: las memorias no son historia ni literatura, es simplemente la vida, llena de basura y no limpiada por la mano del artista. Es material crudo del habla. Pero para mí es distinto… Precisamente allí, en la voz viva humana, en el reflejo de la realidad vivida, está escondido el misterio de nuestra presencia aquí”.

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Con su infaltable grabadora de cinta, Alexiévich se embarcó en la titánica tarea de escribir un solo libro: la enciclopedia del “hombre rojo”, de la “utopía roja”, de aquella vida que los rusos llamaban socialismo. Sus libros abordan crisis históricas —la Segunda Guerra Mundial, la guerra soviética en Afganistán, el desastre nuclear en Chernóbil, el colapso de la Unión Soviética— a través de voces de personas comunes. La historia oral es reducida a segmentos tan crudos que, a menudo, desafían la tolerancia del lector al dolor. En el capítulo inicial de “Voces de Chernóbil“, publicado en Rusia en 1997, una mujer joven describe cómo su esposo, un bombero que acudió a apagar el incendio del reactor, se desintegraba físicamente, debido al envenenamiento por radiación.

En octubre pasado, Svetlana recibió el Premio Nobel de Literatura. Fue la primera vez que el galardón se destinó a una escritora cuyos libros están basados en entrevistas. En la premiación, la secretaria de la academia sueca, Sara Danius, acreditó a Alexiévich como la creadora de un nuevo género literario, al que bautizó como “la historia de las emociones o la historia del alma, si prefieren”. A pesar que el premio era un honor máximo para Bielorrusia, Alexander Lukashenko —el implacable dictador que lleva 22 años en el poder— la congratuló fríamente por televisión y, dos días después, se retractó a través de un comunicado público argumentando que la obra de Alexiévich “rebaja a la gente de Rusia y Bielorrusia”. Vladimir Putin tampoco la felicitó.

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“Hoy Rusia se encuentra en los tiempos oscuros de los que hablaba Hannah Arendt. Si el mismo presidente dice: ‘quien no está con nosotros es un traidor nacional’, ustedes pueden imaginar el ambiente en el país. Los jóvenes que salen a manifestarse y protestar reciben de 8 a 10 años de campos de trabajo. Cualquier autor que critica el régimen se convierte en ‘enemigo del pueblo. A propósito, los cinco escritores rusos que recibieron el Premio Nobel eran considerados traidores del pueblo… Lo mismo pasa en Bielorrusia. Mis libros están prohibidos desde hace 20 años, no los publican. Pero, ahora, bajo la presión de la opinión pública incorporaron ‘La guerra no tiene rostro de mujer’ en el programa escolar. Por supuesto, mis libros son difíciles de leer, pero es nuestra historia…”.

—¿Ve resabios del estalinismo en el gobierno de Putin?

“De nuevo la FSB (ex KGB) puede entrar en cualquier casa, confiscar el computador, condenar a un bloguero por su apoyo a Ucrania, por todo el país buscan a supuestos espías: científicos, profesores, militares. La gente está amedrentada y no se sabe lo que realmente pasa en la sociedad, lo que esta piensa. Me atrevo a decir que hemos perdido la oportunidad que teníamos en los 90. Hoy de nuevo es el tiempo de la fuerza. Los rusos están en guerra con los ucranianos. Con sus hermanos. Mi padre es bielorruso, mi madre es ucraniana. Y así es en muchas familias. Los aviones rusos bombardean Siria… Cuando escribía (el libro) ‘Tiempo de segunda mano’, pensé que estábamos despidiendo el ‘período rojo’ con maldiciones y lágrimas de sangre. Pero después de 25 años, ¿acaso se puede verlo tranquilamente? Es importante porque las discusiones sobre el socialismo no amainan hasta ahora. Creció una nueva generación que tiene otro cuadro del mundo, pero no son pocos los jóvenes que leen a Marx y Lenin. En las ciudades rusas inauguran museos de Stalin, le ponen monumentos. El imperio ‘rojo’ ya no existe, pero el hombre ‘rojo’ quedó. Y sigue”.

Voz de mujer

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Nacida en el seno de una familia de maestros rurales, Alexiévich fue cambiando con el tiempo su adherencia a los ideales soviéticos. Cuando escribió “La guerra…” era una persona que aún no había perdido la “sensación de armonía, la fe en la naturaleza humana”. Pero en “Los muchachos de zinc” (1989) —que incluye las voces de los soldados soviéticos que combatieron en Afganistán, sus madres y sus viudas, y cuyo título hace referencia a los ataúdes sellados en los que los cuerpos eran devueltos a la U.R.S.S.—, comprendió que aquel conflicto no era posible explicarlo con las nociones propias de la Gran Guerra Patria.

“Después de Afganistán, después de Chechenia, la guerra es algo distinto, ahí es más fuerte el hombre biológico que no conocíamos antes”, dice. “Una de las enfermeras me contaba que los heridos a veces le decían: matar da gusto, es una gran emoción… Después ellos se enamoran, se casan, tienen hijos, pero no tienen fuerzas para superar aquellas sensaciones. Es otro conocimiento, muy distinto al adquirido de la hermosa literatura sobre la Guerra Patria”.

En “Los muchachos…”, Alexiévich derribó otro mito de la milicia soviética: lejos de la figura heroica que impulsaba la propaganda, los soldados rusos eran jóvenes asustados, confundidos, empobrecidos y humillados. Chicos inexpertos que, para llevarles souvenirs a sus madres, vendían balas, las mismas con las que, al día siguiente, eran asesinados. Posteriormente, la escritora enfrentó un proceso judicial contra su libro, que duró dos años en Minsk, y donde la acusaron de calumnias contra los muchachos que, supuestamente, habían continuado la gesta heroica de sus padres (Alexiévich ganó en la corte).

“Yo vivía en el país donde desde la infancia nos enseñaban morir. Nos enseñaban la muerte. Nos decían que el ser humano existe para entregarse, para inmolarse, para sacrificarse. Nos enseñaban a amar al hombre con fusil. Estuve en la guerra de Afganistán y vi como nuestro ‘Grad’ (complejo misilístico ruso) convierte a los kishlak (aldea en Asia Central) en campos arados. Estuve en un cementerio afgano, largo como un kishlak. En una parte al medio del cementerio gritaba una afgana vieja. Me acordé como en una aldea en afueras de Minsk estaban entrando en casa un ataúd de zinc y cómo aullaba la madre”.

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—Las voces femeninas predominan en sus libros. ¿Son más interesantes que los hombres?

“Mi primer libro, ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, es sobre la guerra vista y contada por mujeres. ¿Por qué era sobre la guerra? Porque la guerra siempre estaba en el centro de nuestra vida. Estábamos en guerra o nos preparábamos para ella. Pero todo lo que sabemos sobre la guerra, lo sabemos a partir de la voz masculina. En mis viajes como periodista yo me encontraba, a menudo, con mujeres de la guerra. Cuando ellas hablaban, no había en sus relatos nada o casi nada de aquello a lo que estábamos acostumbrados: cómo unas personas heroicamente mataban a otras y vencieron. O perdieron. Cómo era el material bélico y cómo eran los generales. Los relatos femeninos eran otros y sobre otras cosas. Tenían sus colores, su espacio y su luz. Sus palabras”.

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“Una operadora de ametralladora me contaba sobre el combate cuerpo a cuerpo, cuando el ser humano ya no es humano, sino animal que quiere vivir. Corta, apuña, a los ojos, al corazón, al vientre… Ocurría que después de un día de conversación me quedaba solo una frase. ¡Pero qué frase!: ‘Yo me fui tan chica a la guerra que incluso crecí durante la guerra’. Una mujer que combatió en infantería me pide: ‘Siéntate. Te voy a contar… Tú nunca comprenderás que terrible es morir al amanecer. Los pájaros cantan, reina el silencio, pero en unos minutos llegará la orden al ataque. El pasto es tan limpio, el aire es tan claro, pero hay que morir’. Aquí comienza la literatura… Si el hombre es rehén de la cultura de la guerra, la mujer es libre. En los relatos femeninos, de todas maneras, está presente la idea de que la guerra es asesinato. En cualquier caso es asesinato”.

—¿Cómo la cambió su experiencia en la guerra de Afganistán?

“Antes de Afganistán yo creía en el socialismo con rostro humano. De allí volví libre de toda clase de ilusiones. ‘Perdóname, padre, —le dije cuando nos encontramos—, me educaste con la fe en los ideales comunistas, pero basta con ver una vez como los que ayer fueron escolares soviéticos a quienes ustedes con mi mamá enseñan, matan en tierra ajena a gente desconocida para ellos, para que todas tus palabras se conviertan en polvo. Somos asesinos, papá, ¿comprendes?’ Mi padre lloró”.

Las huellas de Chernóbil

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Después de escribir “Voces de Chernóbil” —un libro que le tomó diez años— Alexiévich dice que no escribe, sino que “vive sus libros”. Cuando llegó a la zona afectada por el desastre atómico, lo que vio la obligó a callar: rostros perdidos que miraban cómo se cortaba la capa superior contaminada del suelo y la enterraban en pozos especiales; soldados que lavaban caminos, casas, árboles y leña; y ancianas con íconos de rodillas clamando no ser evacuadas de sus casas.

En su libro, Alexiévich entrevistó a testigos y sobrevivientes de un cataclismo que liberó una radiación 500 veces mayor que el de la bomba atómica arrojada en Hiroshima. El 70% de esta radioactividad cayó sobre Bielorrusia, lo que fue un desastre sin precedentes para su pequeño país. “El soldado con metralleta en ese nuevo mundo se veía trágico. Todo lo que podía hacer era acumular grandes dosis de radiación y morir cuando regresara a casa”, cuenta. “En la mañana todo el mundo agarraba con avidez los periódicos e, inmediatamente, los soltaba con decepción: no encontraron espías. No se escribía sobre los enemigos del pueblo. El mundo sin espías ni enemigos del pueblo era un mundo desconocido. La gente estaba preparada para el átomo militar, no el pacífico. No sabían aun que los dos son cómplices, matan por igual”.


—En un pasaje de su libro, usted habla de Chernóbil como una crónica del futuro…

“Chernóbil fue un salto hacia una nueva realidad. Lo ocurrido superaba no solo nuestro conocimiento, sino también nuestra imaginación. Todos con quienes hablé, me repetían constantemente: ‘Nunca había leído sobre eso, ‘Nunca lo había visto en ninguna película’, ‘Nadie me había contado sobre algo así’. Todo era como antes, pero el mundo cambió. Los conocimientos de horrores acumulados por nosotros están relacionados con la guerra. Pero en Chernóbil florecían árboles, todo crecía, volaban pájaros, pero la gente sentía que la muerte estaba presente en todo. Invisible. Inaudible. La muerte en nuevos ropajes. El pasado no podía ayudarnos en nada”.

—¿Cree que ese incidente hizo estallar una visión de mundo completa?

“Chernóbil cambió nuestra noción del tiempo. Muchas partículas de radiación van a vivir cien, doscientos, mil años, cambiando el espacio. En pocos días, las nubes radioactivas ya estaban sobre África. Las nociones de lo propio y ajeno fueron borradas. Chernóbil no es solo una catástrofe, es el límite entre un mundo y otro, eso es ya una nueva filosofía, un nuevo sentir del mundo. Los bielorrusos hoy se llaman a sí mismos ‘cajas negras’. Las cajas negras registran en los aviones la información del vuelo, si el avión cae, buscan las cajas negras. Los bielorrusos hoy registran esa información para todos. Para la humanidad”.

El olor de la felicidad

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La obra de Alexiévich cubre el ciclo completo del “hombre rojo”. Su quinto volumen y final, “Tiempo de segunda mano” (2013), es su trabajo más ambicioso: muchas mujeres, y unos pocos hombres, hablan acerca de la pérdida de la utopía soviética, las guerras étnicas en los años posteriores y el legado del Gulag. “Yo viajé mucho por el espacio post soviético. Y quedé con una sensación preocupante. La gente está muy resentida de que todo fue repartido injustamente. Hay demasiados perdedores”, postula. “Los que ganaron viven detrás de los muros altos. No se puede predecir qué va a pasar”.

—¿Cuáles fueron los principales traumas que enfrentaron los rusos con la caída de la U.R.S.S.?

“Durante la Perestroika, la libertad se presentaba como una fiesta, la gente marchaba por las calles y plazas y clamaba “¡Libertad! ¡Libertad!”, pero no tenían idea lo que es la libertad. Yo preguntaba a mis protagonistas: ‘¿Cómo ustedes se imaginaban la libertad en los 90? ‘Pensábamos que íbamos a tener las tiendas como en el Occidente. Que habrá mucho de todo’. Nadie se imaginaba la libertad como trabajo. Cuando lo comprendieron, quedaron perplejos. Tanto los intelectuales, como los políticos. No se imaginaban que para la libertad se necesitan hombres libres y nosotros no lo éramos. No dejamos entrar el mundo en nosotros, nos encerramos. Ahora metemos miedo a todos: que los rusos son buenos soldados, que no nos importa el precio, que la vida aquí es barata. Conocemos solo un método de hacernos respetar: que nos tengan miedo. Llegó Putin y el mundo nos tiene miedo”.

putin—¿En qué aspectos ve una idealización del pasado?

“La revolución de los noventas la hizo Gorbachov con un puñado de intelectuales. El 90% de la gente despertó en un país desconocido y no sabían cómo vivir. Y hasta ahora no saben cómo vivir en este país y no aceptan el capitalismo. Yo a menudo escuchaba a la gente añorar el socialismo. Uno no tenía que sacrificarse en tres trabajos. Todos vivían igual. La vida se gastaba en la vida misma: fogatas, guitarreos, conversaciones, lectura de libros. Hoy es muy difícil permitírselo para uno. En general, el capitalismo, incluso en una variante no tan despiadada como en Rusia de hoy, es un mecanismo muy duro. Sí, puedes tener algo, pero debes trabajar muy seriamente. Para nosotros es una transformación completa de la vida. De la psicología. Y pocos están preparados para esto”.

—Está escribiendo un libro que no se trata de guerras. ¿Cuál cree que es el rol de la literatura hoy?

“Ya hace algunos años estoy recopilando material para el libro ‘El venado maravilloso de la caza eterna’. Son 100 confesiones masculinas y femeninas sobre el amor. Aquí el ser humano ya no se escuda tras la guerra en Afganistán, el colapso del imperio, sino pone al descubierto su misterio. Escribir los más terribles libros sobre la guerra es más fácil que escribir sobre el amor. Cuando un ser humano ama… o piensa en la felicidad, solo entonces termina la rutina y comienza el ser. Uno se conecta con lo eterno. Y la felicidad es un mundo sorprendente, del cual tenemos solo una noción muy vaga. Un muchacho que había regresado de Afganistán me contaba: ‘Cuando nació mi hijo, yo olía esos pañales. Corría a la casa para sentir ese olor. Era el olor de la felicidad’. Yo escucho, observo ese hombre conmocionado y para mí su alma es como un medio de comunicación cósmica lejana. De todas formas, aunque sea una ocupación inútil, dan ganas de comprender: ¿para qué existimos? ¿Por qué lloramos tan amargamente y rezamos? Y buscamos palabras…”.

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