Elliot Tupac: el rescatista del arte “chicha”

Cultor de la estética que nació en los afiches promocionales de este popular estilo musical, el artista y diseñador peruano llegó a Chile para pintar un mural en San Miguel. Guillermo Tupper.

(Artículo publicado en el Cuerpo Vidactual de El Mercurio. Noviembre del 2016)

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En noviembre del 2012, Elliot Tupac (álter ego de Elliot Urcuhuaranga) pintó su mural más conocido en Santiago. Cultor del arte “chicha” —una rica tradición estética que irrumpió con los afiches de grupos peruanos de “chicha”, un popular estilo musical surgido en los 80— , inmortalizó la palabra “equilibrio” en la ribera norte del río Mapocho. Dos años más tarde, el mural fue eliminado por error tras unas labores de limpieza realizadas por la Municipalidad de Providencia. La equivocación llevó a que la alcaldesa de la comuna, Josefa Errázuriz, le pidiera disculpas públicas a través de Twitter y ordenara una investigación para “determinar a los responsables”.

“Meses antes habían borrado un mural aquí en Lima y luego sucedió lo de Santiago. Te digo con toda honestidad: no me enojó ni me molestó porque, los que pintamos en la calle, creemos que, en los espacios públicos, la condición del trabajo es muchas veces efímera”, señala a “El Mercurio”. “Para mí era un regalo precioso que ese mural se haya mantenido dos años. Sea por una decisión política, un error, o lo que haya pasado, simplemente cumplió con el tiempo que le tocó estar”.

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En la última década, los trabajos de este artista limeño han dejado huella por distintos puntos del orbe. Su primer impacto fue a nivel local: con el objetivo de abordar la “peruanidad” y temáticas más locales, Tupac llamó la atención con murales que rezaban “Cholo soy”, en el centro de Lima, y otro con la leyenda “Cholo power”, en pleno Malecón de Miraflores, una de las zonas económicas más importantes de la capital. En esta última pieza, el artista perpetuaba el término “cholo” —un rótulo que hace referencia a la gente que viene de la sierra y posee sangre indígena— con una tipografía en espiral parecida al logo de la Coca Cola y colores fluorescentes.

“No era mi idea (transmitir) una intención conflictiva. Dije: ¿cómo coloco la palabra ‘cholo’ y que la gente se sienta identificada?’ Y ahí surgió la idea del ‘cholo power’, para que la gente de la zona, que sí tiene vinculación con el inglés, se identifique”, dice. “En cuanto pintaba, yo recibía esas vibras: ‘bien, Elliot, el cholo poweeeer’ (risas). Comprendí que tenía que trabajar de tal manera que la comunicación sea positiva con la gente y no genere ningún tipo de conflicto. Ahí me planteo la idea de no trabajar de manera local con las frases, sino de trascender un poco más con la metáfora y hablar de ideas más globales”.

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A partir de ese hito, los murales de Tupac mutaron a un discurso más amplio y homogéneo, capaz de funcionar en cualquier parte del mundo a través de las redes sociales. Consolidado como una referencia del “lettering”, sus obras han llenado de color barrios como Notting Hill (Londres) y campañas de grandes marcas como Cerveza Cristal, Puma o Telefónica. Además, trabajó en serigrafías e impresiones para las películas “Madeinusa” y “La teta asustada”, de Claudia Llosa, hizo un mural en colaboración con la banda puertorriqueña Calle 13 y, en septiembre pasado, expuso en el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon (Francia).

Invitado por Mallplaza para cerrar su campaña “Arte para todos”, esta semana Tupac arribó a Chile para pintar un mural en el Museo a Cielo Abierto, ubicado en la comuna de San Miguel (su estadía se extenderá hasta el 7 de noviembre). El mural tiene 85 m2 y Tupac recién definió sus características cuando llegó a Santiago. El objetivo es que los vecinos y la comunidad se involucren en el proceso y lo aprueben de forma unánime. “Siempre uso una comunicación que tenga un sentido transversal socialmente”, dice.

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El 2010, Tupac fue invitado por la Universidad Mayor y el colectivo La Nueva Gráfica Chilena para dictar un workshop, una charla y montar una exposición. Si bien ya había desarrollado una carrera vinculada a la gráfica y al diseño de carteles, ese viaje fue determinante en su transición al arte urbano. “En Valparaíso vi la cantidad de pintura en la calle. Decía: ‘cómo sería de interesante plantear esta gráfica que hago en papel y llevarlo a un soporte más grande, a la pared’”, relata. “Cuando volví, el diario El Comercio me sugirió hacer una intervención en la portada de uno de sus suplementos, la que tuvo una resonancia importante. A la semana me llamaron de la municipalidad y me dijeron: ‘Elliot, nos interesaría que pudieras pintar tu estilo y estética en una pared’. Y, de pronto, estaba pintando en Lima unas paredes (risas)”.

El salto a la calle

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El gusto de Tupac por la estética y el dibujo viene en el ADN familiar. Su padre, Fortunato Urcuhuaranga, fue uno de los pioneros en desarrollar la línea del cartel “chicha” en Lima. Estos afiches promovían los conciertos de grupos como Los Shapis y Los Ovnis, cuyas canciones fusionaban ritmos tropicales y andinos, y solían hablar del peruano de provincia que llegaba a la capital para ganarse la vida. “A nivel de comunicación, mi papá generó un aporte importante. Él decía: ‘Es un anuncio que está en la calle y tiene que ser concreto’”, afirma.

Cuando salió del colegio, y decidido a volcar sus inquietudes artísticas, Elliot quiso postular a la Escuela de Bellas Artes. Sin embargo, se encontró con la negativa rotunda de su progenitor. “Obviamente él no quiso: ‘está bien como tu hobby, pero no como tu profesión’”, relata. “Su intención era que yo estudiara derecho. Yo le dije que no, porque no me veía de esa forma. Y, buscando un punto medio, estudié Ciencias de la Comunicación. Mi paso por la universidad reforzó mucho la forma en que yo quería plantear mi trabajo”.

Desde su veta artística autodidacta, Elliot también tuvo que luchar contra los prejuicios. Como los afiches “chicha” empapelaban los muros de la periferia de Lima, mucha gente empezó a vincularlos con el “lumpen” y los estratos bajos. Según el muralista, el arribo de Alberto Fujimori al poder fue lo peor que le pudo ocurrir a esta propuesta gráfica y musical. “Él empieza a capturar todos los medios y a crear diarios amarillistas. Y a esos diarios les colocaron el rótulo de ‘diarios chicha’. En un momento, la palabra ‘chicha’ era el signo exacto para definir todo lo malo”, señala. “Cuando les contaba a mis amigos a qué se dedicaban mis padres, en muchos casos, generaba la negación de parte de ellos. ‘¿Chicha? ¿Esos colores bien fuertes, bien feos?’. Y eso me generaba un cuestionamiento muy fuerte. Para mí, era un proceso creativo, el cual hice desde niño ayudando a mi papá”.

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Poco antes de graduarse, y en “un acto de rebeldía intensa”, Elliot abandonó la universidad. De ahí en adelante, se volcó por completo a la tarea de masificar su arte: primero, co-fundó Viusa, una nueva empresa familiar para introducir —con mucho éxito— la estética del cartel en el circuito de las agencias de publicidad. Y, cuando empezó a trabajar a nivel personal, adoptó el álter ego de Tupac, el nombre original con que su padre lo quería bautizar. Para evitar un posible bullying escolar, finalmente se decantó por Elliot, en honor a su hermano mayor fallecido. “Elliot me gusta, pero también me hubiera encantado que me hubieran puesto Tupac. Tiene esos dos extremos de nombre: uno muy extranjero y foráneo y otro muy local. Eso me parecía rico como idea”.

—¿Cuáles son los límites que se pone como artista en su relación con las marcas?

“Muchas empresas sugieren que haga algo para temas de campaña. Y es un tema delicado, porque no es mi afán desarrollarme en ese rubro. Me preocupa mucho qué hago para no parecer una mercancía. ¿Por qué hago este trabajo con el mall (en Chile)? Por razones que sí son personales: esta idea de involucrar actividades artísticas en la ciudad siempre me va a parecer bien, independientemente de dónde venga. Me han propuesto muchas cosas con empresas mineras, pero es una especie de lavado de cara que el artista les tiene que hacer. Y, cuando identifico esas cosas, prefiero no involucrarme”.

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