La increíble historia del “afronauta” que quiso llegar a la luna

En los 60, Edward Mukuka Nkoloso, un profesor de escuela primaria en Zambia, lideró un plan para derrotar a las potencias de la Guerra Fría en la carrera espacial. Aunque fue ridiculizado por décadas, su idea podría haber tenido un sentido más profundo del que creían sus detractores. Guillermo Tupper.

(Artículo publicado en el Cuerpo Vidactual de El Mercurio. Marzo del 2018)

*Las fotos principales corresponden al proyecto “Afronautas”, de la fotógrafa alicantina Cristina De Middel, inspirado en el Programa Espacial zambiano*

El 30 de octubre de 1964, la revista Time publicó un artículo sobre la independencia de Zambia, un territorio conocido hasta entonces como el protectorado británico de Rodesia del Norte. El texto se centraba en la figura de su primer mandatario, Kenneth David Kaunda, un ex profesor de escuela que abogaba por la “neutralidad positiva” en la Guerra Fría y una “sociedad multirracial” en el país. Sin embargo, en su párrafo final, el texto mencionaba a un “célebre zambiano” que se mantenía ajeno a toda esa atmósfera de júbilo.

Edward Mukuka Nkoloso, un profesor de ciencias de escuela primaria y director de la Academia Nacional de Ciencia, Investigación del Espacio y Filosofía, reclama que estas festividades interfieren con su programa espacial para llegar a la luna y derrotar a los Estados Unidos y a la Unión Soviética. Nkoloso ya está entrenando a doce astronautas zambianos, incluyendo a una curvilínea niña de 16 años, y los hace girar alrededor de un árbol en un tambor de aceite y les enseña a caminar con sus manos, ‘la única forma en que los humanos pueden caminar sobre la luna’”.

La sola mención al proyecto de Nkoloso generó una ola de curiosidad entre los periodistas extranjeros. Su jactancia era inusual, por decir lo menos: para aquella fecha, la población de Zambia alcanzaba los 3,6 millones de habitantes, menos de un 0,5% de su población tenía educación primaria completa y los graduados de la universidad apenas se acercaban al centenar. Pero este profesor tenía grandes sueños, como crear un sistema de lanzamiento inspirado en las catapultas para ubicar a sus llamados “afronautas” —contracción de “astronautas” y “africanos”— en el espacio. Además de Matha Mwamba, la “curvilínea niña” mencionada en el artículo, esta nave llevaría a dos gatos y un misionero que, según los pronósticos de Nkoloso, podían pisar la luna en 1965 y, luego, apuntar a la conquista de Marte.

En una editorial abierta para un diario de la época, Nkoloso lamentaba que su cohete no hubiese sido lanzado en el marco de las celebraciones de la independencia zambiana (“el comité dijo que aterrorizaría a los invitados y, posiblemente, a la población entera. Creo que estaban preocupados por el polvo y el ruido”). Asimismo, aseguraba que el pensamiento de su academia de científicos —una organización independiente y no afiliada al gobierno— estaba “seis o siete años adelantado” al de las dos potencias de la Guerra Fría. Tras observar Marte con los telescopios de sus “cuarteles generales secretos”, Nkoloso anunciaba que el Planeta Rojo estaba poblado por nativos primitivos.

“Le he advertido a los misioneros que no deben forzar a los marcianos a convertirse al cristianismo si no lo desean”, escribió. “Otra dificultad nos ha retrasado. La UNESCO no ha respondido a nuestra solicitud de 7 millones de libras que necesitamos para nuestro programa (…) He sabido por mucho tiempo que los espías rusos están operando en Zambia. Sí, y los espías americanos también (…) Están tratando de capturar a Matha y los gatos. Quieren nuestros secretos del espacio (…) La detención sin juicio de los espías es todo lo que necesitamos”.

Las pruebas extremas

Lejos de las comodidades e instalaciones modernas de la NASA, los jóvenes cadetes de Nkoloso alistaron su misión en una granja abandonada en las afueras de Lusaka. Aquí eran sometidos a una serie de pruebas extremas: para simular la ingravidez lunar, los jóvenes eran ingresados a un tambor de aceite de 40 galones y lanzados colina abajo. Otra dinámica consistía en balancearse desde el extremo de una cuerda y, cuando alcanzaban su punto más alto, Nkoloso les cortaba la cuerda. ¿El objetivo? Estimular la sensación de una caída libre.

En 1964, un equipo de la televisión británica viajó a Zambia para conocer el entrenamiento de Nkoloso y sus afronautas. El registro —disponible en YouTube— muestra a un grupo de hombres y mujeres saltando de arriba a abajo y siguiendo los mandatos de un instructor. Ataviado con un casco de soldado y una capa, Nkoloso dice que su nave despegará desde ese mismo sitio y, acto seguido, muestra su cohete, un cilindro con un agujero con forma de huevo para facilitar la respiración de sus tripulantes. “Para la mayoría de los zambianos, estas personas solo son un grupo de chiflados”, dice el reportero, al cierre de la nota. “Y, de acuerdo a lo que he visto hoy, me inclino a estar de acuerdo”.

Como era previsible, el Programa Espacial de Zambia nunca despegó. El gobierno local nunca lo tomó en serio, los fondos jamás llegaron y la dedicación de los mismos voluntarios fue pobre. Al poco tiempo, Nkoloso se quejaba de que sus cadetes “no se concentran en el viaje espacial. Hay demasiadas relaciones sexuales cuando ellos deberían estar estudiando la luna”. Mientras algunos se fueron de juerga, y nunca más volvieron, otro prefirió sumarse a un grupo de baile y canto tribal. Para peor, Matha Mwamba, la estrella de la misión, quedó embarazada y sus padres se la llevaron de vuelta a casa. Nkoloso culpó a “los neocolonialistas imperialistas” que, según él, “estaban asustados del conocimiento espacial de Zambia”. Y su sueño de conquistar Marte quedó archivado.

¿Loco o visionario?

En las décadas posteriores, Nkoloso fue incluido en libros de tono burlesco como “Ni en un millón de años: Una historia de predicciones sin esperanza” o “Historia tonta: Los errores más estúpidos jamás realizados“. Pero, en los últimos años, una serie de proyectos vinculados al arte, el cine y la fotografía lo han reivindicado como un pionero del “afrofuturismo”, un tipo de estética que combina elementos de la ciencia ficción con cosmogonías no occidentales. Entre ellos, destaca el cortometraje “Afronautas” (2014), de Frances Bodomo. Ambientado en la noche del alunizaje del Apolo 11, el filme muestra cómo un pequeño grupo de zambianos exiliados tratan de lanzar su propio cohete desde el desierto y llegar primero que los norteamericanos.

Otra de las iniciativas fue liderada por el artista visual zambiano Stary Mwaba, quien hizo dos exposiciones inspiradas en el proyecto espacial de Nkoloso: “Todavía vamos a ir a la luna”, en el Museo Nacional de Lusaka, y “Vida en Marte” en el Künstlerhaus Bethanien de Berlín. “El legado de Nkoloso fue su estilo único de resistencia al dominio colonial”, dice Mwaba a “El Mercurio”. “A pesar de toda la oposición de los colonialistas y de sus compatriotas, él estaba lo suficientemente loco como para creer que era capaz de lanzar una astronave al espacio. Su convicción de que podíamos competir en la carrera espacial, y llegar a un lugar libre de racismo y colonialismo, es algo que encontré muy inspirador, especialmente, si observamos los tiempos actuales, donde los jóvenes miran a Occidente para todo”.

¿Fue Nkoloso un lunático o un visionario incomprendido? Las opiniones de los propios zambianos están divididas. Para algunos, la aparición de aquel video en YouTube hizo que muchos de sus coterráneos se enteraran de su existencia. “Su manera de abordar la exploración espacial parecía cómica. (Cuando vi el video) pensé que era un grupo de actores haciendo un video para provocar risas”, dice el comunicador zambiano Chilu Lemba, conductor del podcast “Key Africans Unlocked“. “Nkoloso no es alguien que se menciona cuando se habla de la liberación de Zambia del dominio británico. Los nombres más prominentes de la época son, comprensiblemente, Kenneth Kaunda y sus pares políticos Simon Mwansa Kapwepwe y Harry Mwaanga Nkumbula”.

Sin embargo, otros reivindican el rol de Nkoloso como agitador político. Según Namwali Serpell —escritora zambiana y profesora de la Universidad de California en Berkeley— el afronauta fue uno de los líderes de la primera campaña por la independencia liderada por el Congreso Nacional Africano, un partido político que, posteriormente, fue rebautizado como el Partido Unido de la Independencia Nacional (UNIP). Además, fue una figura central en los llamados “Disturbios de Luwingu” de 1957. “Desde ese lugar, comenzó una campaña de desobediencia civil, alentando a los africanos locales a negarse a seguir las órdenes de las autoridades coloniales y los jefes africanos en connivencia con ellos”, señala. “Esto condujo a una orden de arresto, disturbios, una escapada de Nkoloso al bosque y, posteriormente, su tortura y encarcelamiento”.

Por aquel entonces, Kenneth Kaunda estaba en Londres, invitado por el Partido Laborista británico para estudiar el sistema parlamentario. Las cartas de Nkoloso sobre los “Disturbios de Luwingu” llegaron a su escritorio vía telegrama y Kaunda las puso en manos de miembros del gobierno británico. Posteriormente, incluyó un resumen de ellas en su panfleto político “¿Estado de Dominio para África Central?” (1958). “Las acciones políticas de Nkoloso fueron una de las varias campañas de desobediencia civil que empujaron al país a la independencia de los británicos”, dice Serpell. “Aunque, más tarde, muchas figuras políticas descartaron sus ideas como extravagantes, casi todos ellos reconocen el papel que jugó”.

Rebelde con causa

El estilo militar de entrenamiento y consignas que Nkoloso impartió a sus “cadetes” eran vestigios de su pasado como soldado. Nacido en 1919, el afronauta fue educado en una misión católica en la parte norte del país, donde aprendió latín, ciencia y matemáticas. Luego fue reclutado por los británicos para servir en el Regimiento de Rodesia del Norte durante la Segunda Guerra Mundial y, en el transcurso de sus temporadas en Birmania y Abisinia (actual Etiopía), fue ascendido a los “Signal Corps”, la rama militar dedicada a los sistemas de comunicaciones e información. “Nkoloso dijo que su inspiración para unirse a la carrera espacial se produjo cuando tomó su primer vuelo en avión”, dice Serpell. “Le pidió al piloto que se detuviera para poder ‘salir y caminar sobre las nubes’. El piloto se negó y, a partir de ese día, decidió ingresar a la carrera espacial”.

Cuando Nkoloso volvió de la guerra, se sintió indignado por haber servido a una nación que le negaba sus derechos, como votar o pelear por mejores condiciones laborales en las minas de cobre. Cuando quiso abrir su propia escuela para enseñar ciencias, el gobierno colonial la clausuró y, desde ese momento, hizo un giro a la política. En 1956, escribió una carta en nombre de la “Asociación de Ex Militares de Ndola”, la ciudad de crecimiento más explosivo en el distrito minero de Copperbelt, para pedir becas y capacitación a los veteranos de la guerra. “Empezó a aplicar la ciencia para hacer algún tipo de revolución, fabricar bombas, y le decía a las personas dónde atacar”, dice Mukuka Nkoloso, Jr., hijo del afronauta. “Fue arrestado y detenido desde 1956 a 1957 y lo deportaron con arresto domiciliario a su pueblo en la Provincia del Norte”.

Nkoloso también integró el Consejo Urbano Consultivo de Ndola, una de las pocas instituciones que le daban voz a los africanos. Aquí propuso una serie de ideas progresistas para mejorar las vidas de sus compatriotas, como un Colegio Técnico e Industrial que garantizara “pago igualitario para un trabajo igualitario”, una clínica de maternidad y la prohibición de aumentar el impuesto a los nativos. Lejos de considerarla una acción propia de un lunático, Serpell postula que su Programa Espacial era, en realidad, una sátira al colonialismo británico en África. “Nkoloso estaba claramente muy bien educado y tenía una reputación de ‘travesuras’ humorísticas de naturaleza política”, señala. “En una ocasión, él y sus camaradas robaron un cuerpo femenino blanco de la morgue y luego lo arrojaron al suelo del bar de un hotel de blancos en Lusaka, asegurando que era la esposa del Primer Ministro colonial”.

De acuerdo a lo señalado por Mukuka Nkoloso, Jr., el Programa Espacial no solo era un proyecto científico, sino que una cortina para preparar a los cadetes para la independencia de los británicos. Serpell confirma algunos datos: al menos tres miembros del Programa Espacial también eran miembros de la Liga Juvenil de la UNIP, la que, a veces, lanzaba bombas molotov contra automóviles y destruía propiedades. Uno de los trabajos del afronauta fue como jefe del Centro de Liberación africano, que albergó a fugitivos políticos de las naciones aún colonizadas que rodeaban Zambia, como Angola, Tanzania, Rodesia del Sur, Mozambique y Sudáfrica. “El papel de Nkoloso fue, en gran medida, la gestión y las comunicaciones, pero su hijo dice que también realizó algún entrenamiento de guerrilla”, dice la escritora. “Parece bastante probable que sus dos ocupaciones se superpusieran durante esos años”.

Un soñador excéntrico

Tras su muerte, en marzo de 1989, Nkoloso fue despedido con un funeral de estado. Aunque nunca llegó a ocupar cargos importantes de gobierno, sus ansias de conocimiento siguieron intactas. Cuando ya se empinaba por los 59 años, se graduó de abogado en la Universidad de Zambia y, en 1984, concedió una de sus últimas entrevistas mientras trabajaba como jefe de seguridad para una compañía de desarrollo industrial en las afueras de Lusaka. “¿Mi viaje al espacio? No he abandonado el proyecto. Todavía tengo la visión del futuro del hombre. Todavía siento que el hombre podrá moverse libremente de un planeta a otro”, aseguraba.

En la actualidad, la valoración del afronauta es disímil. Para los más veteranos, Nkoloso es recordado como un fiel compañero del Presidente Kaunda en los mitines políticos de los 60 y 70. “La mayoría de los zambianos lo consideraban, en el mejor de los casos, un excéntrico y, en el peor, un demente”, dice Hugh Macmillan, investigador del Centro de Estudios Africanos en la Universidad de Oxford y profesor de la Universidad de Zambia entre 1978 y 1995. “Creo que la explicación más caritativa de su Proyecto Espacial es que fue un comentario irónico sobre la extravagancia de la carrera espacial y que los fondos gastados en poner a los hombres en la luna se hubiesen invertido mejor en el desarrollo de África”.

Los más jóvenes, en cambio, rescatan la valentía de Nkoloso por llevar a Zambia a la carrera espacial, un esfuerzo que ven como genuino y progresista, aunque obstaculizado por la falta de recursos. “Él era excéntrico, pero muchos genios lo son. Resultó ser una clavija cuadrada en un agujero redondo y es una pena que falleciera porque no podemos hacerle preguntas”, dice Chilu Lemba. “Tal vez en el ambiente correcto, y en una era diferente, la historia de Nkoloso habría sido muy distinta. Para la mayoría, su legado será el de un hombre huraño y que, tal vez, no estaba bien de la cabeza. Pero yo lo veo como una historia que nos da la oportunidad de preguntarnos si estamos aprovechando las mentes de los soñadores a pesar de sus defectos”.

A más de cinco décadas de su proyecto estrella, quizás la marca de Nkoloso sea mucho más simple y universal. Cuando tenía todo en contra, el afronauta abrazó un sentimiento común a todos los humanos: la posibilidad de soñar con hacer algo grande. “Él me decía, y especialmente a mí, que esto era un regalo de Dios. Y que él se lo mostraba a la gente para que se diera cuenta que los americanos no son los más importantes”, dice su hijo, Mukuka, Jr. “Él nos desafiaba todo el tiempo: ‘si un pájaro puede volar, ¿porqué no lo puedes hacer tú?'”.

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